Vaciarse de lo viejo: Mi experiencia con los altares, rituales y la mente
Como mi primer acercamiento al budismo fue a través de lecturas, me encontré con una visión completamente práctica. Las Cuatro Nobles Verdades, al hablar del sufrimiento, su origen y su cesación, tenían para mí una coherencia profunda y absoluta. Sin embargo, más adelante encontré una amplitud que me generaba mucha confusión: deidades, altares y ceremonias.
Yo era una persona extremadamente escéptica. Amaba la espiritualidad y la naturaleza, pero siempre me resultó complicado entender las religiones basadas en el culto y la adoración. El rechazo era fuerte al haberme criado escuchando tantas historias de corrupción y violencia en nombre de las religiones; esa idea de creer en algo que uno no podía corroborar por sí mismo me llevaba a mirar todo ese mundo con franca incredulidad.
El golpe duro llegó cuando asistí por primera vez a un centro budista. Era el único lugar disponible que tenía cerca y, motivado por las primeras enseñanzas, estaba dispuesto a profundizar y permanecer el tiempo que fuera necesario.
El centro tenía una sala principal con venta de libros, cuadros y objetos de la tradición; todo muy inspirador. Pero de golpe, al entrar a la sala de meditación y sentarme a la espera de la actividad, llegaron los monjes: todos se levantaron, hicieron una profunda reverencia ante ellos y ante el altar y, acto seguido, comenzó una recitación que todos empezaron a acompañar en armonía.
Fue un cortocircuito en mi cabeza. El altar, la figura del Buddha, otras representaciones a su alrededor, las inclinaciones… Mi primer pensamiento fue: «¿Qué hago acá?». Pero, al mismo tiempo, el ambiente se sentía tan armonioso y confortable que decidí quedarme a escuchar la charla.
Nuevamente aparecieron las Cuatro Nobles Verdades, el apego, el sufrimiento, la cesación y la meditación. Todo era completamente lógico y coherente. ¿Cómo podía ser posible esa combinación?
Como era el único espacio con el que contaba, me quedé un año y medio estudiando allí, haciendo retiros, participando en charlas y colaborando en el centro, aunque la parte devocional no dejaba de chocarme. Mi mente intentaba comprender por qué, a pesar de ese rechazo inicial, algo muy dentro de mí no quería alejarse.
Siempre digo que la parte más compleja de las enseñanzas no es adoptar algo nuevo, sino vaciarse de lo viejo: estar dispuestos a cuestionar nuestros prejuicios e ideas preconcebidas y evaluar con detenimiento lo nuevo. Si uno está dispuesto a reconocer que hay aspectos que no comprende —en lugar de juzgarlos y asumir conclusiones sin saber—, puede ver gradualmente que no todo es lo que parece.
Mi mente tendía a equiparar lo que vivía en ese centro con conocimientos adquiridos de otras religiones o con sesgos ideológicos que fui formando al acumular información de distintos lados. Pero la realidad es que, cuando lo miré sin ese velo, descubrí que las reverencias generaban un respeto y una apertura muy particular a la hora de recibir enseñanzas; que las recitaciones apaciguaban mi mente del ajetreo del transporte público al llegar, y que me conectaban con una inmensa gratitud por haber encontrado un lugar donde profundizar. El altar no era más que una forma de honrar al Buddha, el origen de una enseñanza que llega hasta nosotros desde tiempos antiguos. ¿Qué podía haber de malo en ello?
Cuando tuve la oportunidad de dialogar sobre esto con los maestros, me enseñaron que precisamente ese es el valor de los símbolos, de las prácticas devocionales y de los altares: no son elementos de idolatría o fe ciega, no están para pedir que se nos concedan deseos, ni para salir flotando como seres divinos esperando que los problemas se resuelvan mágicamente. Están para acompañar a la mente, para generar estados armónicos y para sostener una buena predisposición para aprender.
Hoy lo comprendo más que nunca. Al compartir las enseñanzas en redes, me encuentro a menudo con personas que critican estos aspectos: los tachan de inútiles, innecesarios o afirman que van en contra de lo que enseñó el Buddha, argumentando que él nunca fundó una “religión”. Sin embargo, muchos de esos juicios de valor provienen del desconocimiento de los discursos y de no comprender la función real de estas prácticas.
Cuando me dicen que todo ese aspecto les choca, recuerdo que yo también estuve de ese lado y que no es un proceso simple vaciarse. Me tomó tiempo armar mi propio altar, hacer una reverencia ante una imagen o recitar versos antes de meditar. Pero comprendí que todo eso forma parte de cultivar un estilo de vida que permite mantener estados mentales saludables, estando conectado e inspirado por lo que el Buddha representa. Ver al Buddha en mi altar es un recordatorio cotidiano: «no te olvides de cultivar la mente». Recitar los versos es recordar las enseñanzas y resaltar las cualidades a desarrollar; rendir respeto es vaciarse de egocentrismo, de arrogancia y de apego a puntos de vista rígidos.
Aun así, nunca recomiendo adoptar estos detalles de entrada; dejo que maduren de forma natural en cada persona. Fue el mismo interés en el Buddha y su enseñanza lo que me llevó a cultivar estas prácticas, y fue comprobar que su método funciona lo que me impulsó a tomar refugio en la Triple Joya y comprometerme con este camino. Si uno no comprende lo que hace, la práctica no será de beneficio; por eso prefiero que las personas me pregunten por sí mismas sobre altares, recitaciones o la toma de preceptos.
Mi mente ha cambiado tanto desde entonces que aprendí a relacionarme mucho mejor con personas de otras tradiciones espirituales, generando incluso amistades duraderas que hoy aprecio inmensamente. Hoy busco puentes en común en lugar de marcar diferencias y juicios de valor; busco inspirar y tejer unidad en lugar de rivalizar o imponer mi visión como si fuera absoluta. Todo esto me ha ayudado a tener una mente más tranquila, un cuerpo más relajado, una mirada más integral y a llegar a personas a las que, de otra forma, hubiera sido imposible acompañar.
Mi recomendación es ver los aspectos que nos generan rechazo como elementos que aún no comprendemos del todo, o como expresiones de la tradición que ayudan a crear comunidad, virtud y un espacio íntimo de desarrollo. Nadie va a alcanzar la liberación únicamente por tener un altar, hacer ofrendas o inclinarse ante una estatua, pero todo ello puede ser un ejercicio sumamente poderoso para debilitar las cualidades perjudiciales de la mente, como el orgullo, la avaricia, la estrechez mental y la aversión.

7 Responses
Hermoso!!!
Gracias por acompañar ☺️🙏
Gracias por compartir tu experiencia. Me ayudó a ver más claro lo q pasa en mis. Gracias !!
Muchas gracias, me alegra que sea de utilidad ☺️🙏
🌻🙏🏽
Gracias, justo lo que necesito comprender!!!
Muchas gracias por acompañar ☺️🙏