Un proceso gradual
En esos años en los que estaba perdido, desarrollé una fuerte sensibilidad por lo que pasaba a mi alrededor; veía a un montón de personas sobreviviendo, pero rara vez las veía satisfechas, en paz; al contrario, siempre corriendo, buscando algo más. Las injusticias sociales me llevaron a indagar en el activismo y a involucrarme en causas sociales, a querer comprender: ¿por qué tanto sufrimiento en todas partes teniendo la oportunidad de hacer el bien y servir a los demás?
Esa etapa se llenó de aversión, de rechazo; mi mente se llenó de etiquetas entre buenos y malos, entre víctimas y opresores, entre quienes tienen y no tienen recursos, poder o influencia. En un momento me di cuenta de que estaba encarnando una batalla absurda. Muchas veces, cuando reaccionamos ante aquello que consideramos injusto, pensamos que la resistencia y la lucha nos vuelven más buenos.
Siempre me costó sentir una identidad de pertenencia, así que solo veía grupos peleándose entre sí, partidos políticos luchando por ver quién tenía más razón; pero, cuando lo ponía en perspectiva, el país tenía siempre los mismos problemas. Me di cuenta de que no quería desperdiciar mi vida de esa manera: llenándome de rabia por el que no piensa igual que yo e imponiendo mi visión por encima de los demás.
Quizás por eso el budismo tuvo un impacto inmediato en mí; ya venía en un cierto proceso de deconstrucción y estaba queriendo cultivar una vida armoniosa, no un campo de batalla para mi mente. Decirlo es simple, pero el proceso realmente es complejo y profundo: cuando nos apegamos a nuestros ideales y perspectivas, nos volvemos orgullosos, prepotentes, cerrados.
Se requiere mucha paciencia y amabilidad para cuestionar la propia conducta, para verificar si nuestras creencias son tan acertadas como pensamos y si realmente nos están llevando a cultivar armonía en nuestra mente.
La apertura en el budismo es la apertura de la mente, la inclinación de ir predispuestos a querer aprender, crecer, investigar, practicar. Ningún maestro irá a decirte lo que debes hacer o te enseñará si uno no tiene una mente abierta y una predisposición respetuosa al aprendizaje.
Así que, cansado de sufrir y de buscar, decidí detenerme ahí porque podía percibir que había mucho de valor por integrar.
Lo que ocurrió en los primeros años posteriores a alejarme del activismo y la política fue conectar con las primeras lecturas budistas, y encontré básicamente en esas palabras una autobiografía de todo lo que había estado atravesando: la ira no conducía a ningún lado, el sufrimiento estaba dentro de la mente, el trabajo más importante es con uno mismo para poder vivir mejor afuera, los placeres sensoriales son imposibles de satisfacernos permanentemente.
Sentí como si de repente todo cobrara mayor sentido, sentí que estaba en el lugar correcto, en el momento en que más lo necesitaba. La sed de buscar afuera se había apagado; no tenía idea de cómo, pero tenía la convicción completa de que el budismo podría ayudarme a cambiar mi vida, aunque no fuera a ser algo lineal y directo.

No responses yet