Un refugio para toda la vida
Me gusta ver la enseñanza del Buddha como un sendero continuo de deconstrucción. Cuando miro a la persona que inició este viaje y a la persona que ha llegado hasta aquí, siento que no he ganado nada: lo he perdido casi todo. He ido soltando creencias, hábitos, pensamientos y conductas que no me conducían a la paz. En esa deconstrucción, solo una cosa se mantuvo clara: sin importar lo que sucediera, seguiría la enseñanza del Buddha hasta el último de mis días. La toma de refugio tuvo un rol fundamental en este proceso. Pero, ¿qué es realmente tomar refugio y para qué sirve?
Cuando el Buddha comenzó a compartir el Dhamma tras su despertar, de manera natural —fruto de la inspiración, el respeto y la sabiduría que transmitía— las personas comenzaron a pedirle ser instruidas. El abandono del hogar hacia una vida de renuncia y cultivo mental dio lugar a que gradualmente se fuera conformando el Saṅgha: la comunidad de discípulos que practicaban su enseñanza.
Este acto era completamente voluntario. El Buddha no buscaba prosélitos; ofrecía las condiciones y la doctrina necesarias para que cada persona pudiera experimentar por sí misma el fruto de la liberación del sufrimiento. Como expresión de ese compromiso, se estableció la toma de refugio en las Tres Joyas (Tiratana): el Buddha, el Dhamma y el Saṅgha. Se trata de una entrada formal de respeto y dedicación, utilizada tanto por laicos como por la comunidad monástica.
Tras indagar y comprender que la práctica requería ese nivel de dedicación, tomé la decisión de incorporar la toma de refugio en mi rutina diaria. En los primeros años se convirtió en un pilar indispensable: cuando aprendía por mi cuenta y no contaba con espacios grupales, tomar refugio era recordar mi compromiso. No significaba seguir ciegamente a una persona esperando que resolviera mi vida, sino comprometerme a seguir trabajando en mi propia mente, apoyándome en las enseñanzas como un refugio seguro desde el cual cultivar la práctica sin extraviarme, aun ante los obstáculos.
En aquel entonces, además, era una forma de no sentir la práctica en soledad: al tomar refugio sabía que había personas en distintas partes del mundo cultivando la misma inclinación.
Con el tiempo, comprendí que esta práctica ofrece beneficios muy concretos:
«Tomo refugio en el Buddha» (Buddhaṁ saraṇaṁ gacchāmi): Es un acto de completa apertura y honestidad. Reconozco que no tengo todas las respuestas y que necesito una guía certera para trascender el sufrimiento. Pero no busco refugio en un maestro autoproclamado ni en una figura carismática. Tomo refugio en quien realizó el mayor potencial humano: alguien completamente libre de impurezas, apego, aversión e ignorancia. Seguir al Buddha no lo beneficia a él —ya no existe como ser físico ni busca reputación o ganancia alguna—, sino que es una acción destinada exclusivamente a nuestro propio cultivo.
«Tomo refugio en el Dhamma» (Dhammaṁ saraṇaṁ gacchāmi): Es el compromiso de seguir la enseñanza. El camino está lleno de distracciones y la mente no entrenada se pierde con facilidad, buscando refugio en saberes efímeros. Sin aceptar nada por fe ciega, asumimos el compromiso de investigar la doctrina en profundidad, practicarla y verificarla por nosotros mismos. Cuanto mayor es la experiencia directa, mayor es la resolución. Además, el Buddha no guardó ningún «conocimiento secreto»: dejó un mapa completo y accesible para recorrer el viaje con seguridad.
«Tomo refugio en el Sangha» (Saṅghaṁ saraṇaṁ gacchāmi): Es valorar, respetar y sostener la comunidad de practicantes y la jerarquía monástica que preserva la enseñanza. Las buenas compañías (kalyāṇamittatā) son fundamentales. No habría comprendido este sendero sin la guía de los maestros que me orientan y la inspiración de otros practicantes. De hecho, he aprendido más observando la conducta recta de los monjes que con cientos de lecturas.
Tomar refugio es un poderoso antídoto contra el orgullo, la arrogancia, la indulgencia y el descuido. Mantiene la mente en la dirección correcta y nos recuerda en todo momento hacia dónde nos dirigimos.
Al principio, tomaba refugio cada mañana frente al altar antes de meditar, como una forma de rendir respeto y preparar la mente. Tiempo después, realicé una ceremonia formal con mi primer maestro en un monasterio junto a cuatro monjes. Aunque hacerlo en la intimidad del altar era suficiente, formalizarlo ante el Saṅgha fue una muestra de profundo aprecio por la tradición y por la ayuda que siempre me ha acompañado.
Nunca sugiero tomar refugio sin conocer antes las enseñanzas de manera general. Sin embargo, para quienes practican a la distancia y en solitario, esta práctica proporciona un soporte sumamente sólido para la vida cotidiana, siempre que se asuma con plena comprensión y verdadero compromiso.

2 Responses
Gracias por compartir tu experiencia. Tomar refugio me ofrece calma en la mente, me prepara para estar alerta y poner en práctica el buen pensamiento, palabra y acción.
Por favor, me ayudarías en empezar a practicar la “sabiduría del no-yo”?
Gracias.
Hola, gracias por acompañar y te pido disculpas por la tardanza en responder, en la próxima nota hablaré sobre una experiencia muy particular sobre el no-yo que seguramente te será de mucha utilidad.