No importa cuántas veces leamos sobre esta enseñanza ni cuántas veces creamos entenderla: la mente racional es incapaz de integrar esta experiencia por completo. Es algo que debemos contemplar diariamente, porque la mente ordinaria, para sobrevivir en el mundo, vive reforzando su sentido de identidad e individualidad.
Mientras el mundo refuerza la personalidad y alimenta el sentido del «yo» y lo «mío», la enseñanza del Buda va a contracorriente. Profundizar en esto cuando pasamos las 24 horas del día caminando en dirección contraria parece una tarea imposible. Sin embargo, no solo es posible: podemos hacer que la visión más profunda del Dhamma habite tranquilamente en nuestra realidad cotidiana, siempre que recordemos que gran parte de nuestras vidas son meras proyecciones.
Aunque las diferentes tradiciones budistas tienen enfoques distintos, el núcleo es siempre el mismo: las Cuatro Nobles Verdades, el Noble Óctuple Sendero y todo lo que este conjunto abarca.
El anattā (el no-yo) es una de esas enseñanzas que suele alejar a las personas del budismo. Esto ocurre porque la mente ordinaria siempre busca algo a qué aferrarse, una identidad que le ofrezca seguridad en un mundo extraño e incierto: Dios, el alma, el espíritu, el universo, el cosmos o la energía. Siempre buscamos un punto de apoyo, porque la idea de que no haya nada sosteniéndonos bajo los pies nos revela la fragilidad humana y su confusión más profunda.
Para mí era algo casi imposible de integrar. La costumbre nos lleva a percibir todo en términos absolutos: existe o no existe, creés o no creés. Pero de golpe te dicen «no-yo» y se genera un cortocircuito: ¿cómo que no hay un yo? ¿Quién piensa entonces? ¿Quién actúa? ¿Quién decide y siente?
Para acercarnos a este punto es necesario desarmar nuestra experiencia por completo: ir quitando capa por capa, aquietando la mente y volviéndola menos distraída y agitada. Solo entonces podemos empezar a darnos cuenta de que existe una realidad convencional, inventada por la mente para relacionarse con el mundo, y una realidad última que dista mucho de nuestras construcciones mentales.
Mi primera maestra me dio un ejemplo que cambió mi perspectiva para siempre. Los objetos solo existen porque nosotros les asignamos un nombre y una forma. Una mesa lleva ese nombre porque nos pusimos de acuerdo en que si extraemos madera de un árbol y le damos una forma rectangular con patas que la sostengan, eso es una «mesa». Pero ese nombre es un invento nuestro; la madera extraída del árbol no deja de ser lo que es aunque la llamemos mesa.
Entonces me dio el ejemplo del auto. Decís «auto» y te imaginás un objeto completo, capaz de transportarte de un lugar a otro. Pero ¿qué pasa si empezás a desarmar todas las partes que lo componen? ¿Dónde está el auto? Seremos incapaces de encontrarlo. Si tomo el motor, no puedo decir que tengo el auto: es solo un motor, una pieza. Si tomo una rueda, solo tengo una rueda. ¿Dónde está el auto? Solo podemos nombrarlo como tal cuando todas las partes están unidas; separadas, no solo no sirven de nada, sino que carecen de la capacidad de llevarnos a cualquier parte.
Con nosotros pasa exactamente lo mismo. Si digo «yo», me refiero a Nahuel: alguien que nació en tal lugar, proviene de tal familia, tiene cierta edad y posee determinadas características. Pero cuando afinamos la mirada, ese «Nahuel» como entidad fija no existe; es una construcción. Solo hay elementos físicos e inmateriales que, al interactuar, nos hacen imaginar a una persona individual. Ni siquiera este cuerpo puede mantenerse por sí mismo: necesita de elementos externos para funcionar.
Aún así, es tan fuerte nuestro aferramiento y nuestro sentido de pertenencia que creemos que somos lo que pensamos, lo que sentimos, lo que vemos y lo que experimentamos. Cuanto más nos identificamos con lo que nos gusta y nos desagrada, más sólida y enfermiza se vuelve esa obsesión por la identidad. Sin embargo, al mirar en detalle, no hay más que partes y procesos en constante cambio: nada fijo, nada inmutable, nada que pueda permanecer ahí para siempre.
Una noche volvía a mi casa luego de haber escuchado una charla sobre el Dhamma en la que mi maestra dio ese ejemplo, y la enseñanza caló muy profundo en mí. A la madrugada siguiente fui a trabajar a un local de comida vegetariana y, mientras esperaba a que la dueña viniera a abrir, me senté a ver los autos pasar por la avenida. Fue entonces cuando me pregunté: ¿dónde está el auto? ¿Dónde está el yo?
Solo había piezas y partes moviéndose de un lado a otro. Sin embargo, bastaba con que un auto hiciera una maniobra inesperada para que la gente estallara de bronca, discutiera y se enfadara. Solo eran estructuras materiales, pero las personas construyen tal identidad sobre lo que poseen que lo vuelven suyo y creen que forma parte de su ser. El problema de las identidades es que olvidamos que son meras construcciones, que no están bajo nuestro control absoluto y que, tarde o temprano, el auto se queda a mitad de camino, se rompe o se vuelve obsoleto. Del mismo modo, el cuerpo envejece, enferma y muere. Olvidamos la realidad profunda por puro apego a las apariencias, y esa desatención es la que nos lleva a sufrir por algo que nunca estuvo bajo nuestro control.
La trama en nuestra cabeza es solo un proceso mental; las sensaciones en el cuerpo son solo un proceso del cuerpo y de la mente. Nada de eso nos pertenece realmente. Nada de eso es algo por lo que valga la pena sufrir.

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