¿Quién soy y cómo llegué hasta aquí?
Nunca me gustó hablar de mí, pero siempre me importó ser transparente y que las personas supieran desde qué lugar comparto las enseñanzas budistas.
Mi nombre es Nahuel Antu, tengo 34 años de edad y soy de Buenos Aires, Argentina. Comencé a interesarme en el budismo a los 20 años, pero en ese entonces no tenía lugares donde practicar; aprendía mediante las pocas lecturas que encontraba en internet y, poco a poco, el interés se fue haciendo más grande y profundo.
Me acerqué a estas enseñanzas en una búsqueda personal: estaba en una etapa de muchas dudas e inquietudes, sin demasiada claridad sobre qué hacer con mi vida. Al haber nacido en una familia humilde, siempre valoré el esfuerzo que hacían mis padres por mí, pero al ver que su sacrificio nunca era suficiente para estar bien y que la vida estaba repleta de acontecimientos que no podía controlar, comencé a sentirme profundamente perdido y con un vacío inmenso por dentro.
Había algo internamente que se inclinaba hacia la soledad, la introspección, indagar sobre espiritualidad y tratar de encontrar una razón que justificara que vivir no estaba limitado solo a sobrevivir. En ese proceso de búsqueda pasé por otras corrientes espirituales y prácticas alternativas: indagué en el yoga, el reiki, la astrología… me encantaba indagar sobre el universo, me hacía sentir que había algo mucho más profundo que simplemente comer, estudiar, trabajar, pagar cuentas, viajar y morir. No obstante, nada de eso era capaz de apagar ese sentido de búsqueda y vacío; siempre faltaba algo, nunca era suficiente.
En esa búsqueda di con mi primera lectura de budismo sobre Las Cuatro Nobles Verdades, y entonces todo cambió. Me di cuenta de que el problema no era externo: no era el mundo, no eran las prácticas, las corrientes espirituales ni lo superficial que puede volverse la vida para otros. El budismo me estaba mostrando, de una manera extremadamente clara, que el sufrimiento nacía únicamente dentro de mi mente y que solo ahí estaba la solución; no la iba a encontrar afuera. A partir de ahí, todas mis acciones estuvieron dirigidas a aprender de budismo, encontrar centros donde practicar y maestros de los cuales aprender.
Empecé por lo primero que encontré: una tradición de budismo tibetano a hora y media de viaje de donde vivía. Ese primer impacto de practicar en una tradición, de estar frente a monjes, tuvo la fuerza suficiente para hacer que me interesara en la vida monástica. Pasé los primeros cinco años en tradiciones tibetanas, estudiando presencial y virtualmente: iba a retiros, hacía cursos, colaboraba en los centros y, poco a poco, mi vida estuvo completamente abocada a ello.
Cuando empecé a evaluar las posibilidades de ordenarme como monje, fui dando con distintos monjes y me di cuenta de que había otras tradiciones budistas y distintos procesos para formarme. Pero entonces ocurrió una inclinación más fuerte aún: las corrientes tibetanas en las que participaba tenían un enfoque muy moderno, con maestros contemporáneos, y yo quería ir hacia atrás, tratar de ver las enseñanzas desde los inicios del Buddha, porque notaba grandes diferencias entre los discursos del Buddha (suttas) y muchas prácticas devocionales y culturales del budismo tibetano.
En ese entonces conocí al Venerable Shifu Zhihan, un monje budista de la corriente de Tierra Pura de Taiwán, cuya formación era sumamente completa, tanto en el budismo Mahayana como en el budismo Theravada más conservador. Para mí, ese fue un quiebre en mi práctica y estudio, porque él me enseñó a ver el budismo como un rompecabezas: en lugar de comparar qué tradición era mejor, me enseñaba las diferencias y qué tomar de cada una. Era una visión integral que, a su vez, me ayudó a dejar de lado la rivalidad entre corrientes y los debates inútiles sobre qué era más original y verdadero.
Cuando lo conocí, vio mi interés en querer ordenarme como monje, así que me ofreció viajar a su monasterio central en Brasil. Lo acompañé durante unos meses observando cómo era vivir en un monasterio: el estilo de vida, las costumbres y su práctica. Lamentablemente, no pude quedarme allá y mis intenciones de ordenarme se vieron interrumpidas por un acontecimiento personal: una perrita que había adoptado padecía una enfermedad terminal, por lo que decidí volver a Buenos Aires y acompañarla en su proceso hasta que partiera.
Para no quedar estancado en ese tiempo, seguí estudiando y practicando vía online; ahí conocí a Bhikkhu Sanathavihari, un monje Theravada que está en Estados Unidos pero ofrece charlas y meditaciones en español. Cuando mi perrita falleció, este monje me ofreció viajar a Sri Lanka, donde él se formó, e iniciar el proceso para ordenarme como monje Theravada. Pasé un tiempo preparándome para dicho viaje, sintiendo que finalmente se había dado el momento oportuno.
Fue un cambio enorme para mí, un salto de confianza hacia el vacío, porque me fui sin el idioma, sin conocer a nadie: era hacer una vida desde cero. El contraste fue demasiado fuerte y esta vez no hubo impedimento externo alguno; fue la propia mente con miedos e inseguridades, haciéndome dudar de mi capacidad para permanecer, lo que me hizo volver a los tres meses.
Fue el momento más duro de mi vida: había dedicado tantos años para ese momento que sentí un fracaso enorme por no haber completado el objetivo; no había plan B, no había segunda opción. Dos meses después de regresar comenzó la pandemia, y el encierro fue un proceso obligado para afrontar todo aquello y seguir hacia adelante. Había una sola cosa clara: la práctica y el estudio debían continuar.
Actualmente sigo estudiando con el Maestro Zhihan cuando viene a Buenos Aires y con Bhikkhu Sanathavihari cuando tengo la posibilidad. En este proceso comparto las enseñanzas budistas como un practicante más: pese a que ya llevo más de 10 años, siempre me siento un alumno más tratando de compartir lo que aprende para que sea de beneficio para más personas. Hoy en día mi meta más grande es seguir aportando contenido en español, sobre todo del periodo más temprano de las enseñanzas budistas, haciendo traducciones de obras que no llegan a nuestro idioma y compartiendo contenido de monjes que no son muy conocidos aún en nuestra lengua.
En las próximas notas compartiré más sobre todos esos procesos en las diferentes tradiciones, las enseñanzas que me fueron de más utilidad, los desafíos, las contradicciones propias que he tenido que atravesar y cómo este sendero es algo sumamente cercano a nuestra experiencia cotidiana.
Una vez más, agradezco el apoyo de las personas que nos acompañan y el empujón para hacer esto.

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